Hannah Arendt y la obediencia - Ejercicios

Hannah Arendt, posiblemente la mejor analista del totalitarismo del siglo XX, nació en Hannover en 1906, cuando aún era parte del Reino de Prusia. Sus padres eran judíos, pero su educación en casa fue secular. La religión no tuvo un papel importante en su formación.

A los 14 años ya había leído a Immanuel Kant. A los 18, decidió estudiar filosofía y se matriculó en la Universidad de Marburgo, donde conoció a Martin Heidegger. Entre ambos surgió una intensa relación intelectual y personal que derivó en un romance. En una carta posterior a su marido, Arendt relató que, años más tarde, durante una cena, Heidegger le confesó que esa relación había sido la pasión de su vida.

Más adelante, Arendt trabajó como periodista para el Frankfurter Zeitung y fue testigo del ascenso del nazismo hasta su llegada al poder, así como del progresivo deterioro de las condiciones de vida de las personas judías, víctimas de una persecución sistemática. En 1933, fue detenida brevemente por la Gestapo por realizar investigaciones ilegales sobre el antisemitismo. Tras ser liberada, huyó de Alemania y se estableció en París.

Cuando Alemania invadió Francia, Arendt, como muchas otras personas alemanas, fue llevada a un campo de detención. La enviaron a Gurs, cerca de la frontera con España, donde compartió una barraca con unas sesenta mujeres en condiciones extremadamente precarias, rodeadas de barro, ratas y piojos. En algún momento logró escapar del campo y se refugió en Montauban. Desde allí, gracias a sus vínculos con organizaciones sionistas, pudo tomar un tren hacia Lisboa, donde embarcó rumbo a Nueva York.

Durante este proceso, lo más doloroso para Arendt no fue solo el desarrollo político, sino la conducta de su entorno cercano. Según sus palabras: “El verdadero problema personal no fue lo que hicieron nuestros enemigos, sino lo que hicieron nuestros amigos”. Y aquí cabe destacar que, en 1933, Martin Heidegger, su antiguo amante, se afilió al Partido Nazi.

Desde el exilio, Arendt se enteró de la existencia de los campos de exterminio, lo que representó un quiebre en su vida personal e intelectual. La barbarie del Holocausto contrastaba con su admiración por el idealismo alemán, su afinidad con Kant, su amor por Heidegger y su identidad como intelectual alemana.

La existencia de estos campos en el país de poetas y filósofos desbordaba cualquier marco ético o político conocido. Arendt sintió entonces la necesidad de comprender este horror. Esta inquietud la condujo a escribir su obra más importante: Los orígenes del totalitarismo, publicada en 1951. Pero antes de centrarnos en esta obra, vamos a hablar de La condición humana, que escribió años después, en 1958. Las ideas de este segundo libro nos ayudan a entender mejor la tesis del primero y las dinámicas que, según ella, hacen posible el surgimiento del totalitarismo.

La condición humana

La condición humana es un análisis sobre cómo los seres humanos actúan y se relacionan en el mundo. Arendt distingue entre la “vida activa” y la “vida contemplativa”. La vida contemplativa es la que se dedica a la reflexión, la contemplación y la búsqueda de la verdad. Es la forma de vida que Platón y Aristóteles consideraban superior, porque aspiraba a conocer lo eterno e inmutable.

Sin embargo, para Arendt, cuando la filosofía se limita a la contemplación, tiene poco que ofrecer al mundo real, ya que no tiene lugar en él. Lo que realmente le interesa es la vida activa, la cual está centrada en la acción, la creación y la interacción en el mundo. Arendt la divide en tres actividades fundamentales:

La primera es la labor, que es la actividad necesaria para mantenernos vivos y satisfacer nuestras necesidades biológicas básicas. Ir al supermercado, cocinar, limpiar. Son actividades cíclicas que nunca concluyen. Su producto se consume rápidamente y, de nuevo, hay que volver a repetir la actividad.

La segunda es el trabajo, que es la actividad de fabricar el mundo artificial de objetos duraderos, herramientas, edificios, libros, obras de arte, etc. Los productos del trabajo perduran en el tiempo y proporcionan la estructura del mundo en el que vivimos.

Por último está la acción, que es la actividad que ocurre entre las personas en el espacio público, es decir, la interacción con los demás. Esta es la actividad que crea historia. A través de la acción, los individuos revelan su identidad y participan en la vida política.

Estas actividades no tienen el mismo valor. La labor es la actividad más básica. La acción, en cambio, es la actividad humana más elevada, porque es donde se ejerce la libertad y donde se construye una pluralidad de ciudadanos que debaten y hacen política. 

Esta valoración jerárquica de las actividades fue objeto de críticas por parte de asociaciones de mujeres, que argumentaron que el marco teórico de Arendt desvalorizaba el trabajo doméstico y de cuidado, tareas históricamente realizadas de manera desproporcionada por mujeres. A la vez, se cuestionaba que se elevara el valor de las ocupaciones asociadas tradicionalmente a los hombres, como las actividades de la esfera pública.

Sin embargo, el objetivo no era despreciar ninguna actividad, sino comprender cómo las condiciones humanas se transformaron a lo largo de la historia, y qué es lo que se perdió en la modernidad que permitió el surgimiento de regímenes totalitarios.

Arendt observa que, en la sociedad moderna, las personas suelen definirse por su papel económico, su empleo o su contribución productiva al sistema. Esta reducción de la identidad a lo económico representa una gran pérdida para el individuo, porque se deja de lado la participación en la vida política, es decir, lo que Arendt llama acción. Según ella, la esfera política ha sido marginada en favor de la economía, y esto ha provocado una crisis de identidad.

Los orígenes del totalitarismo

En Los orígenes del totalitarismo, Arendt explica que este tipo de régimen florece en contextos donde los individuos se sienten aislados y desarraigados.

La modernidad trajo consigo la ruptura de las estructuras sociales tradicionales, y dejó a muchas personas sin un sentido claro de pertenencia. Desde la Revolución Industrial, el trabajo dejó de ser una fuente de identidad para gran parte de la población, y al mismo tiempo las comunidades religiosas comenzaron a perder relevancia. Este proceso se profundizó con la urbanización. El crecimiento de la población y la concentración de gente en ciudades hizo que las personas se sintieran reemplazables y desconectadas.

Así se configuró lo que Arendt denomina una sociedad de masas. Según su análisis, los regímenes totalitarios no surgen en cualquier contexto, sino que necesitan precisamente este tipo de sociedad como caldo de cultivo.

A diferencia de las clases sociales con intereses políticos definidos, las masas están formadas por individuos atomizados, sin vínculos sociales sólidos ni articulación política clara. Lo que sí comparten son sentimientos de resentimiento, frustración y una sensación de no pertenencia al sistema.

Este contexto fue un terreno fértil para el surgimiento de ideologías, especialmente las de corte totalitario, como el nazismo y el estalinismo.

Las ideologías totalitarias ofrecieron una explicación totalizante de la historia. En el caso del nazismo, la explicación se basaba en la raza; en el del estalinismo, en una visión económica centrada en la lucha de clases. En ambos casos se identificaba un enemigo.

Arendt sostiene que el totalitarismo no es simplemente una forma extrema de dictadura, que conocemos desde la Antigüedad, sino algo nuevo, una nueva categoría política. Una de sus principales novedades es la destrucción de la esfera pública. Los regímenes totalitarios eliminan la pluralidad y el debate, y los reemplazan con una única ideología oficial. La acción, que para Arendt representa la actividad más elevada de la vida humana y que, como mencionamos anteriormente, ya estaba limitada en la modernidad, queda completamente suprimida bajo estos regímenes.

Estas ideologías pretendían tener la clave para entender todos los problemas y brindar soluciones sencillas. Ofrecían una certeza absoluta que atrajo a masas desorientadas que buscaban respuestas simples en un mundo complejo. Proporcionaban una sensación de seguridad y pertenencia, pero a costa de que las personas renunciaran a pensar por sí mismas.

Eichmann en Jerusalén

Y así llegamos a otro libro importante de Arendt: Eichmann en Jerusalén: Un estudio sobre la banalidad del mal.

Adolf Eichmann fue un alto oficial nazi, responsable de la logística de la “solución final”, es decir, la planificación y ejecución del genocidio de seis millones de judíos durante la Segunda Guerra Mundial. Tras la derrota de Alemania, Eichmann huyó a Argentina en 1950 bajo el alias “Ricardo Klement”.

En mayo de 1960, agentes del Mossad, el servicio de inteligencia israelí, localizaron a Eichmann en San Fernando, Argentina. Lo secuestraron y lo trasladaron clandestinamente a Israel para juzgarlo por sus crímenes.

El juicio comenzó el 11 de abril de 1961 en Jerusalén. Eichmann enfrentó quince cargos, incluidos crímenes contra el pueblo judío, crímenes contra la humanidad y crímenes de guerra. En diciembre, Eichmann fue declarado culpable y sentenciado a muerte.

Durante el proceso, Eichmann se defendió alegando que solo estaba “siguiendo órdenes” y que no tenía responsabilidad personal en los crímenes cometidos. 

Es cierto que, en apariencia, Eichmann era un hombre completamente común y nunca mató a nadie con sus propias manos. Sin embargo, había estado presente en la Conferencia de Wannsee, donde se decidió la Solución Final. Sabía perfectamente lo que estaba pasando. Aun así, no admitió culpa alguna. Él se limitaba a poner a las personas en los trenes; lo que ocurría después no le interesaba porque, según él, eso quedaba fuera de su área de responsabilidad.

Que un desapego tan grande de la realidad pudiera causar más daño que la propia maldad llevó a Arendt a una conclusión inquietante: Eichmann no era una excepción. Como él hubo muchos, y el Holocausto fue en realidad un “asesinato en masa administrativo”.

“Allí reside”, escribe Arendt, “el horror, y al mismo tiempo, la banalidad del mal”. Eichmann no era un monstruo, ni un fanático, ni un psicópata. Era simplemente un burócrata que cumplía órdenes sin reflexionar sobre las consecuencias morales de sus actos. Era alguien que había renunciado a pensar y, con ello, había renunciado a su condición de persona. Un funcionario mediocre que facilitó la peor atrocidad de la historia.

Consejos Judíos

En el mismo libro, Arendt analiza el papel de los Consejos Judíos. Estos Consejos fueron organismos creados por las autoridades nazis en todos los guetos. Su función principal era actuar como intermediarios entre la población judía y las autoridades alemanas. Se encargaban de la administración interna del gueto, incluyendo la distribución de alimentos y la organización del trabajo forzado.

Contaban también con cuerpos de policía judía que hacían cumplir las directrices alemanas y mantenían el orden. Supervisaban, por ejemplo, el uso obligatorio de la estrella de David, que debía llevarse cosida en la ropa. Y lo más controvertido: eran quienes preparaban las listas de personas del gueto que serían deportadas a campos de concentración.

Arendt sostiene que el sistema de exterminio no habría sido posible sin la colaboración de los Consejos Judíos. Sin su cooperación, los nazis se habrían enfrentado a un caos absoluto en la organización de las deportaciones. De este modo, estos Consejos terminaron siendo cómplices en la destrucción de su propio pueblo.

Las afirmaciones de Arendt causaron estupor. Fue acusada de darle argumentos a los antisemitas y de traicionar a su propia gente. Pero su intención era mostrar la magnitud del colapso moral que los nazis provocaron en todas las capas de la sociedad: no solo entre los opresores, sino también entre quienes fueron oprimidos.

Obediencia

Pero esto no equivale a acusar a todos por igual. Eichmann fue un culpable directo, activo y con poder real dentro del aparato nazi. Los Consejos Judíos, en cambio, actuaron bajo una presión extrema y con pocas opciones. Sin embargo, en ambos casos, el problema central es la obediencia.

La obediencia no se limitaba a individuos como Eichmann o los Consejos Judíos, sino que era un fenómeno generalizado. La aceptación social de las políticas del régimen nazi y la falta de resistencia activa por parte de amplios sectores de la sociedad alemana contribuyeron a la perpetración del mal. La obediencia en la sociedad alemana estaba arraigada en una cultura que valoraba la conformidad y desestimaba la responsabilidad moral individual.

Excusarse en la responsabilidad de un superior es, según Arendt, un acto de profunda estupidez. “La política no es un jardín de infantes. En política, la obediencia y el apoyo son una misma cosa”, afirmó. Esto significa que solo los niños deben seguir las reglas sin cuestionarlas. Los adultos que obedecen sin cuestionar, en realidad, están respaldando activamente las políticas del régimen.

Nunca debemos separar nuestra conciencia de lo que hacemos, incluso cuando estamos siguiendo una orden. Cada individuo debe ser consciente de lo que hace, sin desentenderse de las consecuencias de sus acciones simplemente porque fueron ordenadas por otro. Se trata de asumir la responsabilidad de los propios actos y preguntarse: ¿Es correcto lo que estoy haciendo?

A lo largo de su carrera, Hannah Arendt enfrentó múltiples críticas y controversias. Su concepto de la banalidad del mal fue malinterpretado por muchos. Su investigación sobre los Consejos Judíos le valió el título de traidora del pueblo judío. Recibió amenazas de muerte y varios de sus amigos cercanos cortaron toda comunicación con ella. Nada de eso bastó para que abandonara su valentía y su integridad. Si creía firmemente en algo, lo defendía incondicionalmente, incluso a un gran costo personal y enfrentándose a una gran resistencia.

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